Por César Santomé López. Analista y consultor
Ya habíamos tratado en este espacio la importancia de la crítica como una institución democrática indispensable para señalar los límites al poder y para contribuir a que el debate público siga vivo. Sin embargo, es necesario dejar claro que la crítica se alimenta del análisis y en el ideal siempre van juntos.
Cuando una sociedad permite que la crítica y el análisis se dobleguen ante el poder, el debate se vuelve sordo, pobre y se degrada a ruido político entre demandas histéricas y respuestas necias que se expresan desde una supuesta superioridad moral. Que es el signo de la política contemporánea que parece haber renunciado al sano ejercicio de comprender la realidad antes de reaccionar ante ella.
La inmediatez domina la conversación pública y el análisis profundo se vuelve cada vez más escaso. Este fenómeno responde a varias causas como, la aceleración tecnológica y la lógica de opinión instantánea; ciclos informativos permanentes y la exigencia constante de posicionamiento, todo ello reduce el tiempo disponible para pensar, proceso que se alimenta a su vez de la degradación de las élites políticas.
Si queremos cambiar una política reactiva e ineficiente por una analítica y eficiente, será necesario recuperar algunas las distinciones fundamentales del análisis político; primero, la diferencia entre coyuntura y estructura; la primera se ocupa del corto plazo, interpreta lo inmediato, calcula correlaciones de fuerza, anticipa impactos políticos o electorales y se obtiene una idea para el momento, se trata de un análisis legítimo y necesario, pero no puede ser nuestro horizonte porque nos quedamos con la idea de una sucesión de episodios inconexos donde cada evento se percibe como crisis independiente.
Por su parte, el análisis estructural permite ir más allá. Se pregunta por las condiciones históricas, institucionales, económicas y culturales que hacen posibles determinados acontecimientos políticos. Introduce perspectiva temporal, identifica tendencias profundas y permite comprender por qué ciertos fenómenos emergen en determinados momentos.
Y existe un tercer nivel que podríamos denominar análisis superestructural. Este tipo de análisis se ocupa de los sistemas de reproducción ideológica, simbólica y cultural que sostienen determinadas formas de poder. Las ideas dominantes, los marcos interpretativos y los discursos que circulan en una sociedad no son neutros: contribuyen a reproducir visiones del mundo, jerarquías de poder y narrativas políticas.
Comprender las dimensiones del análisis resulta indispensable para comprender fenómenos políticos, económicos y sociales contemporáneos, especialmente en contextos donde el discurso político se convierte en un instrumento central de construcción de realidad.
Por ello vale la propuesta de reconstruir los espacios de análisis y crítica. Donde esos ejercicios de la democracia pueden producirse y circular libremente y por desgracia estos espacios los estamos perdiendo más rápido de lo que pensamos y de lo que nos damos cuenta.
Las democracias necesitan lugares públicos, institucionales, culturales, sociales, gremiales y políticos donde la realidad pueda ser examinada con distancia, rigor y libertad. Espacios como el periodismo profesional, la academia, los centros de investigación, los analistas públicos y los espacios de deliberación intelectual han desempeñado históricamente esa función.
Sin embargo, hoy existe una tendencia que acusa el debilitamiento de estos espacios debido a diversas razones: la concentración del poder comunicativo; la presión política sobre los medios; la violencia contra periodistas; la censura directa o la autocensura; y por la intolerancia de los políticos que perciben a la crítica como un peligro.
Un segundo factor que necesita el análisis para recuperar su lugar en la política es el conocimiento experto. Las sociedades contemporáneas enfrentan problemas cada vez más complejos: transición energética, reorganización geopolítica, revolución tecnológica, crisis climática, seguridad pública o transformaciones económicas profundas. Ninguno de estos desafíos puede resolverse desde la improvisación o la ignorancia. Gobernar sistemas complejos exige conocimiento especializado, formación rigurosa y experiencia acumulada.
Esto no significa excluir a los ciudadanos de la política, sino reconocer que determinadas responsabilidades públicas requieren preparación, criterio técnico y cultura política suficiente para comprender los problemas que se pretende resolver. La política democrática no puede construirse sobre la descalificación sistemática del saber experto.
Y finalmente, es necesario devolverle el ritmo a la política junto al análisis y a la crítica. No más corto plazo, no más simplificaciones insultantes de nuestra realidad. La política no vive exclusivamente de la coyuntura, no se trata de seguir administrando crisis y explotar símbolos anacrónicos, es indispensable construir proyectos, recuperar el largo plazo, ahí donde se resuelven los problemas estructurales de las sociedades contemporáneas, el desarrollo económico, la seguridad energética o la educación, se solucionan pensando en el largo plazo, requieren planificación, diagnóstico profundo y prospectiva. Diseñar el futuro exige análisis.
Y finalmente, es necesario formar una cultura del análisis. Las democracias no solo dependen de instituciones; dependen también de hábitos intelectuales y culturales. Una sociedad que valora el análisis desarrolla ciudadanos más capaces de evaluar argumentos, distinguir hechos de opiniones y comprender procesos complejos.
Fomentar el pensamiento crítico, fortalecer la educación, defender la libertad de expresión y promover espacios de deliberación informada son condiciones necesarias para preservar la racionalidad democrática. Una democracia madura se alimenta y vive del análisis y de la crítica, se fortalece con la deliberación y con la negociación. Como señala Innerarity, el máximo poder al que aspira un demócrata es al poder compartido y a la negociación permanente.
Sin análisis, la política se vuelve un abismo y cuando caemos en él también se derrumba nuestra inteligencia colectiva.










