AMAR A TU MADRE Y NO PODER EXPRESAR LO QUE TE DOLIÓ

Por Laura Aline Pérez — Consultora e Instructora Holística.

Hay algo que muchas mujeres viven en silencio, aunque pocas lo expresan con claridad:

Aman a su madre.

Y, al mismo tiempo, hay partes de su historia con ella que les dolieron.

No siempre se trata de grandes eventos.

A veces son detalles que se repitieron durante años. Comentarios que parecían pequeños, pero que dejaron una marca. Momentos en los que hubiera sido importante sentirse vista, comprendida o acompañada… y eso no ocurrió de la manera que se necesitaba.

Con el tiempo, esas experiencias no desaparecen. Se integran.

Se vuelven parte de la forma en la que una mujer se relaciona consigo misma.

Muchas crecieron aprendiendo que el vínculo con la madre es incuestionable. Que amar implica aceptar. Que sentir incomodidad o dolor puede interpretarse como ingratitud.

Y desde ahí, comenzaron a construir una manera de relacionarse con lo que sienten.

En lugar de expresar, se adaptan.

En lugar de confrontar, contienen.

En lugar de reconocer lo que les dolió, encuentran formas de justificarlo.

Así, sin darse cuenta, aprenden a acompañarse desde la exigencia y no desde la comprensión.

En la vida adulta, esto se traduce en experiencias muy concretas.

Mujeres que piensan demasiado antes de decir lo que sienten.

Que revisan constantemente si lo que van a expresar es correcto.

Que sienten incomodidad al poner límites, incluso cuando son necesarios.

También aparece una sensación interna difícil de nombrar: como si hubiera algo pendiente dentro de ellas, algo que no termina de acomodarse del todo.

Pueden sentirse cercanas a su madre y, al mismo tiempo, experimentar cierta distancia emocional. Pueden reconocer lo que recibieron, y aun así percibir que algo faltó. Pueden cuidar ese vínculo y, al mismo tiempo, sentir que hay aspectos de sí mismas que no logran expresar completamente.

Todo esto convive al mismo tiempo.

Y lejos de ser contradictorio, revela la complejidad emocional que se construye en ese vínculo tan importante.

Cuando una mujer comienza a observar esto con mayor claridad, puede notar cómo esta forma de relacionarse con lo que siente también aparece en otros espacios de su vida.

En la pareja, al momento de decir lo que necesita.

En el trabajo, al expresar su opinión o reconocer su valor.

En su día a día, al priorizarse sin sentirse incómoda por hacerlo.

Abrir un espacio interno donde las emociones puedan ser reconocidas transforma esa experiencia.

Permite integrar lo vivido desde un lugar más consciente, donde el amor y el dolor dejan de competir y comienzan a acomodarse dentro de la propia historia.

A partir de ahí, la relación con una misma cambia.

Las decisiones se sienten más claras.

Los límites comienzan a aparecer con mayor naturalidad.

Y la conexión interna se vuelve más sólida.

En la siguiente entrega exploraremos cómo este vínculo con la madre continúa influyendo en la vida adulta de formas muy concretas, muchas veces sin que la mujer lo note, guiando decisiones, relaciones y la manera en la que se posiciona frente a la vida.

Porque lo que no se hace consciente, suele seguir actuando en silencio.

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